MÀS ALLÀ DE LAS CANAS




Cuando se habla de la tercera edad, llegan a la mente palabras tales como vejez, ancianidad,  senectud, abuelos.  Muchas  personas la relacionan con  decrepitud, senilidad, achaques, postración  y estorbo. Infortunadamente llegar a esta edad, es una realidad, como lo es la tan dolorosa realidad de que muchos de los abuelitos se convierten para sus familiares una verdadera carga, una carga muy pesada y de la cual desean deshacerse.   Debo confesar que nunca antes me interesé por reflexionar acerca de la vejez. La verdad, pienso que  a muchas personas cuando estamos en la flor de la  juventud, llenos de  vitalidad y de sueños, no nos interesa en lo más mínimo pensar en que un día toda esa lozanía que lucimos orgullosos y que hace que nuestros días sean primaverales,  saldrá corriendo para darle paso al invierno de la vejez. Y cuando la  ventana de los años dorados se empieza a cerrar se siente que es hora de dedicar parte de nuestro tiempo a pensar en nuestros últimos años; entonces  comienzan a desfilar por  nuestra mente cuestionamientos como estos: ¿cómo será mi vida en unos años cuando ya mis huesos cansados no me permitan dar un paso más?  ¿Con quién viviré?  Y el no poder tener una respuesta satisfactoria a estos interrogantes, a veces hace que el corazón se llene de angustia; porque  no puede negarse que aunque  algunos de los ya casi pertenecientes a la última etapa de la vida sean poseedores de una buena pensión, o quizás de una buena fortuna para su manutención, sienten que  eso no es suficiente ni lo más importante. Ellos anhelan desde lo más abstruso de su corazón terminar su  última estancia en este planeta sintiéndose queridos, amados, y acompañados. Porque eso es lo que desea cualquier anciano, y hacerlos sentir que todavía ocupan un lugar importante en  nuestros corazones  debe ser el lema  tanto de hijos como de nietos, especialmente. De la misma manera  que un sinnúmero de incógnitas  aparecen cuando comienza a florecer la flor de la vejez, es ineludible ver como el jardín de los recuerdos  comienza también a florecer,  y en esos momentos de encuentro con su pasado, los hombres y mujeres que se acercan al final del camino se dividen en dos grupos: Unos  son  los que se sienten frustrados porque que  su vida no fue como ellos la desearon, o no lograron los triunfos que anhelaron;  y otros son los que  rememoran con orgullo  e inmensa felicidad su trayectoria por este mundo; pero a la final, estos, igual que los primeros, tienen la plena certeza de que con lo mucho o lo poco que hayan hecho a  través de su larga existencia en lo que les resta de vida solo contarán con la única compañía: La soledad. 
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